December 2012 - Comments Off

The Downpour

Mariyama Scott '15

translation from Reinaldo Arenas's "Antes que anochezca"

Perhaps the most extraordinary event that I enjoyed during my youth was the one that came down from the sky. It wasn’t a normal shower; it was a tropical spring downpour that announced itself with a huge crash, cosmic orchestral drum rolls, thunder that echoed throughout the countryside, lightning that traced crazed lines, palms that all of a sudden were struck by bolts and caught fire, going up like a match. And then came the rain as if a great army were moving on the tops of the trees. In the zinc-covered hallway, the water boomed like a rain of bullets; on the guano roof of the living room there was the sound of something like the footfalls of many people marching over my head; in the gutters the water ran with the murmur of overflowing streams and poured over the barrels with the crash of a waterfall; on the trees in the yard, from the highest leaf down to the ground, the water became a concert of drums of many pitches and unusual beats: a fragrant sonority. I would run from one end of the hallway to the other, go into the living room, stick my head out of the window, go into the kitchen and see the waterlogged, wildly whistling pines in the yard and, finally, devoid of all clothing, I would hurl myself outside and let the rain soak into me. I’d hug the trees, roll around in the grass, build tiny dams out of mud where the water puddled, and in those puddles, I’d swim, dive, do laps; I’d come to the well and see water falling on water, look up to the sky and see flocks of green querequeteses also celebrated the arrival of the downpour. I wanted not only to roll around on the grass, but also to rise up, to be lifted like those birds, at one with the rain. I’d come to the river that roared, possessed by violence’s uncontrollable spell. The force of the overflowing current dragged away almost everything, taking trees, rocks, animals, houses; it was the mystery of the law of destruction and of life itself. Back then I didn’t know where that river went, where that frenetic race would end, but something told me that I had to go along with the din, that I too had to throw myself in and lose myself to those waters, that only in the middle of that torrent, always departing, would I find a bit of peace. But I didn’t dare jump; I’ve always been a coward. I’d reach the edge where the water roared, calling to me; one more step and the whirlpool would devour me. How many things could have been avoided if I had done it! They were rough yellowish waters; powerful and solitary waters. I had nothing but that water, that river, that nature that welcomed me in and now called to me at the precise moment of its grand finale. Why not hurl myself to those waters? Why not lose myself, melt into them and find peace in the middle of that beloved roar? What happiness it would have been, to have done it then! But I returned home, drenched; night had already fallen. My grandmother was making dinner. It had stopped raining. I shivered while my aunts and my mother set the table, not overly concerned about me. I’ve always believed that my family, including my mother, considered me strange, useless, scatterbrained, nuts or out of my mind; outside the context of their lives. Surely, they were right.

Original: “El aguacero”

Tal vez el acontecimiento más extraordinario que yo haya disfrutado durante mi infancia fue el que venia del cielo. No era un aguacero común; era un aguacero de primavera tropical que se anunciaba con gran estruendo, con golpes orquestales cósmicos, truenos que repercuten por todo el camp, relámpagos que trazan rayas enloquecidas, palmas que de pronto eran fulminadas por el rayo y se encendían y achicharraban como fósforos. Y, al momento, llegaba la lluvia como un inmenso ejército que caminara sobre los árboles. En el corredor cubierto de zinc, el agua retumbaba como una balacera; sobre el techo de guano de la sala eran como pisadas de mucha gente que marchasen sobre mi cabeza; en las canales el agua corría con rumor de arroyos desbordados y caía sobre los barriles con un estruendo de cascada; en los árboles del patio, desde las hojas mas altas hasta el suelo, el agua se convertía en un concierto de tambores de diferentes tonos e insólitos repiqueteos; era un sonoridad fragante. Yo corría de uno a otro extremo del corredor, entraba en la sala, me asomaba hasta la ventana, iba hasta la cocina y veía los pinos del patio de silbaban enloquecidos y empapados y, finalmente, desprovisto de toda ropa, me lanzaba hacia afuera y dejaba que la lluvia me fuese calando. Me abrazaba a los arboles, me revolcaba en la hierba, construía pequeñas presas de fango, donde se estancaba el agua y, en aquellos pequeños estanques, nadaba, me zambullía, chapaleaba; llegaba hasta el pozo y veía el agua cayendo sobre el agua; miraba hacia el cielo y veía bandadas de querequeteses verdes que también celebraban la llegada del aguacero. Yo quería no solo revolcarme por la hierba, sino alzarme, elevarme como aquellos pájaros, solo con el aguacero. Llegaba hasta el río que bramaba poseído del hechizo incontrolable de la violencia. La fuerza de aquella corriente desbordandose lo arrastraba casi todo, llevandose arboles, piedras, animales, casas; era el misterio de la ley de la destrucción y también de la vida. Yo no sabia bien entonces hasta donde iba aquel río, hasta donde llegaría aquella carrera frenética, pero algo me decía que yo tenia que irme también con aquel estruendo, que yo tenia que lanzarme también a aquellas aguas y perderme; que solamente en medio de aquel torrente, partiendo siempre, iba a encontrar un poco de paz. Pero no me atrevía a lanzarme; siempre he sido cobarde. Llegaba hasta la orilla donde las aguas bramaban llamándome; un paso mas y el torbellino me engullía. ¡Cuantas cosas pudieron haberse evitado si lo hubiera hecho! Eran unas aguas amarillentas y revueltas; unas aguas poderosas y solitarias. Yo no tenia nada mas que aquellas aguas, aquel río, aquella naturaleza que me había acogido y que ahora me llamaba en el preciso momento de su mayor apoteosis. ¿Por que no lanzarme a esas aguas? ¿Por que no perderme, difuminarme en ellas y hallar la paz en medio de aquel estruendo que amaba? ¡Que felicidad hubiera sido haberlo hecho entonces! Pero regresaba a la casa empapado; ya era de noche. Mi abuela preparaba la comida. Había escampado. Yo tiritaba mientras mis tías y mi madre ponían los platos sin preocuparse demasiado por mi. Siempre he creído que mi familia, incluyendo mi madre, me considerable un ser extraño, inútil, atolondrado, chiflado o enloquecido; fuera del contexto de sus vidas. Seguramente, tenían razón.

Published by: in Prose, Volume 69: Issue 1

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